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La economía de la pandemia mostró su peor cara

La evolución del ciclo económico está fuertemente asociada con la evolución de las incertidumbres del riesgo con la COVID-19. Entre ellos hay una relación temporal directa: cuanto más se prolongue la incertidumbre, más se deteriorará el ciclo.

Las estimaciones para la economía mundial del 2020 informadas a fines de 2019 proyectaban una tasa de crecimiento anual situada entre 2,4% y 3,3%. Para mencionar sólo algunas previsiones podemos señalar que el FMI proyectaba un crecimiento del 3,3%, el Banco Mundial un 2,5%, la OCDE un 2,9% y Fitch un 2,5%. El ejercicio del año hubiera registrado un crecimiento leve o amesetado, ceñido a la tendencia poscrisis 2009 y ubicado por debajo de la tasa de crecimiento promedio de los últimos sesenta años (4,6%). Nadie esperaba un año de “crisis”, por eso el impacto del shock pandémico y de la pandemia de larga duración fue aún más profundo en la economía. La caída vertical de la actividad arrasó con toda expectativa previa.

Hay un factor que aumenta la incertidumbre del momento: la economía enfrenta una situación sin precedentes en la breve historia del capitalismo, a saber, por primera vez la inactividad precede a la crisis.

La crisis ya presente, y la que se avizora con fortísima contracción de la inversión, tasas de desempleo, pobreza e indigencia galopantes, desbalances fiscales severos, etc., escapa a los principales modelos de crisis de la ciencia económica, sean monetaristas, marxistas o heterodoxos. Se observa una caída vertical de la actividad global y no hay déficit fiscal ni caída de la tasa de ganancia o de la demanda agregada que la expliquen causalmente. Esos factores se están dando, y se están dando en simultáneo, pero como consecuencia del impacto del riesgo SARS-CoV-2 y de la enfermedad COVID-19 en la actividad económica, y no a la inversa.

Las expectativas juegan un papel destacado en el escenario. La aniquilación de las previsiones generó una volatilidad extraordinaria en las expectativas de inversión, recalentando la incertidumbre y proyectándola en el mediano y largo plazo. Así lo muestran las caídas abruptas y las subas meteóricas de precios clave y habitualmente poco elásticos como el barril Brent, la onza Troy física o el Bono a 20 años de la Reserva Federal, o el histórico precio negativo de los futuros a mayo del petróleo WTI.

El riesgo, y no las decisiones políticas, pulverizó toda proyección en materia de producción, comercialización y consumo, acelerando y espiralando el impacto negativo en las cadenas de pago privadas y públicas, y en el financiamiento y administración de pasivos de corto y mediano plazo. Esta condición robustece la concentración tendencial de los mercados, mejorando la posición relativa de aquellas empresas que cuenten con recursos para financiar la caída de la actividad.

Debe precisarse, sin embargo, que la caída vertical de la actividad no es una caída generalizada. Se observan caídas significativamente menores, e incluso subas, y por tanto ventajas comparativas, en aquellos sectores donde la operatoria digital y la economía 2.0 en general fueron previamente incorporadas. Ellos ofrecen nichos para la inversión y, por tanto, para la formación de burbujas. Otro tanto se observa con los incipientes protocolos y certificaciones de bioseguridad e inmunidad.

En términos generales se observa entonces que la evolución del ciclo económico está por el momento fuertemente asociada con la evolución de las incertidumbres del riesgo SARS-CoV-2 / COVID-19. Entre ellos hay una relación temporal directa: cuanto más se prolongue la incertidumbre, más se deteriorará el ciclo.

En este sentido, cabe la apreciación de que la economía, tantas veces señalada como un sistema anónimo, despersonalizado e incluso “contrario a la intersubjetividad”, ha revelado su fuerte dependencia con la interacción de proximidad, así como una gran lentitud para innovar con las interacciones digitales, siendo las ramas y/o empresas que previamente las implementaron aquellas que han mostrado cierto despegue respecto de la caída vertical de la actividad. Así, observada, a diferencia de la religión, la economía muestra una marcada incapacidad para innovar y evolucionar en escenarios críticos, siendo el primer sistema en detenerse y el último en adaptarse.

(*) Investigador Adjunto del CONICET y docente regular de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.